En algunas lenguas la palabra "celibatario" es equivalente, en el lenguaje común a "soltero", pero tal uso del término no es equivalente a "casto". En el uso religioso católico, la palabra "celibato" tiene una connotación religiosa y se refiere especialmente al varón que, con vistas a recibir el ministerio sacerdotal en la Iglesia latina, promete solemnemente mantenerse sin contraer matrimonio y llevar consiguientemente una vida de castidad celibataria. Así como el término "virgen" se aplica preferentemente a la mujer, el de "celibato" se aplica preferentemente a los varones.
Y si bien no estamos analizando la tendencia ‘machista’ de la iglesia, si hay que prestar atención al hecho de que un hombre puede consagrarse al celibato después de su viudez e incluso después de haber llevado una vida “desarreglada” (por así decirlo); pero en el caso de las mujeres, las reglas cambian, ya que éstas no puede recibir la consagración de vírgenes cuando ya ha estado casadas o que han perdido voluntariamente su virginidad, pero puede prometer para el porvenir la castidad propia de los celibatarios. Es decir, que siempre seremos pecadoras a pesar de decidir consagrarnos a Dios, pero no así los hombres.
El celibato es una elección de los sacerdotes y ministros que por su propia voluntad han decidido vivir como célibes.
De acuerdo con el Código de Derecho Canónico, el celibato permite al ministro sagrado «unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres». De igual manera, sugiere San Pablo que un hombre no puede entregarse de manera tan plena e indivisa a las cosas de Dios y al servicio de los demás hombres si tiene al mismo tiempo una familia por la cual preocuparse y de la cual es responsable.
Es por ello que se considera que el celibato no es una renuncia al amor o al compromiso, cuanto una opción por un amor más universal y por un compromiso más pleno e integral en el servicio de Dios y de los hermanos.
La cuestión del celibato ha sido hablada e incluso discutida en innumerables conversaciones tanto oficiales como comunes corrientes. Nosotros incluso, en alguna conversación en donde nuestros aires filosofales se elevan más de lo normal, queremos opinar sobre decisiones y cuestiones de la iglesia que en ocasiones nos resultan incomprensibles y un tanto ‘infundadas’.
Y hablando precisamente a este punto en el que San Pablo dice que un hombre no puede entregarse plenamente a las cosas de Dios y además atender una familia, resulta un tanto polémico y desconcertante, porque entonces esta aseveración indicaría que todos vivimos a medias o que no tenemos la capacidad de entregarnos completamente a la vida que hemos decidido vivir. Y en este caso, todos en algún momento estaríamos parados ante la necesidad de elegir la ‘consagración’ a nuestra vida profesional, es decir, la comunicación, las relaciones internacionales o a la medicina; o el de tener una familia y consagrarnos a ella.
Y bueno, los años han demostrado somos perfectamente capaces de desarrollarnos en un ambiente laborar teniendo una familia y siendo responsables de ella. Ya que quienes hemos decido ser profesionistas hemos tomado esta decisión siendo completamente conscientes (no todos, pero la mayoría) de que al hacerlo nos estamos casando con un estilo de vida. Y que es precisamente eso: un estilo de vida, una consagración a nuestra profesión y a lo que decidimos dedicarnos por el resto de la vida. Y es tal vez éste el error o el acierto que nos hace pensar que el sacerdocio es de igual manera una decisión profesional que bien podría sobrellevarse con una familia.
Y claro que quienes han decido llevar este estilo de vida de consagración y celibato, es una decisión total y completamente respetable por quienes no lo comprendemos. Sin embargo, nuestro cuestionamiento surge cuando no sabemos qué es lo que sucede con aquellas personas que tienen esa necesidad de dedicarse a la iglesia o esa vocación sacerdotal, pero al mismo tiempo sueñan con una familia y una vida consagrada a Dios. Y es que no debemos ignorar que hay quienes deciden consagrarse a Dios mediante la vida sacerdotal y finalmente terminan encallando en escándalos de padres con novias/amantes y demás cuestiones de los que la iglesia ha sido víctima debido tal vez a esta decisión de no permitir que quienes tienen esa necesidad de consagración a Dios lo puedan hacer de igual manera a una familia.
El celibato sacerdotal, de acuerdo a los estatutos establecidos por la iglesia, se apoya en el celibato de Cristo; lo que nos llevaría nuevamente hacia la polémica, ya que de acuerdo con la iglesia Católica, Ortodoxa y la Comunión Anglicana, María Magdalena es considerada como Santa y fiel discípula de Jesús. Sin embargo, en evangelios que han salido a la luz con el tiempo, se menciona a María Magdalena como algo más que una discípula de Jesús. Por ejemplo, en el evangelio de Tomás, se le menciona como un discípulo cercano a Jesús y no sólo como testigo de su resurrección como se menciona en el evangelio de Pedro.
Pero en el evangelio de Felipe, se le menciona como la compañera de Jesús:
Tres (eran las que) caminaban continuamente con el Señor: su madre María, la hermana de ésta y Magdalena, a quien se designa como su compañera. María es, en efecto, su hermana, su madre y su compañera.
Estos nuevos evangelios que han salido a la luz han venido a desatar un sinfín de polémicas y cuestionamientos acerca de Jesús y su relación real con María Magdalena, relación que la iglesia ha desmentido.
Pero que Jesús y María Magdalena hayan o no tenido una relación no tendría por qué afectar la fe y la devoción que los fieles de la iglesia profesan por ésta ¿o si? Desde nuestro parecer, esta fe radica en las acciones que realizó Jesús y no en si se mantuvo en celibato o no. No tendría absolutamente nada de malo saber que Él y María Magdalena mantenían una relación, ya que esto no merma en absoluto lo que Él fue, lo que hizo y lo que significa para quiénes somos creyentes.
Sirse Nayeli Rosas Hernández
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